Hetero, La Villana y el Jefe Final

Capítulo 1: A la villana no podría importarle menos ser impopular. Parte 5

Los remanentes del hechizo se han convertido en una leve brisa que pasa por sus pies.

Dejándose caer pesadamente en una silla, Claude cierra los ojos y se lleva los dedos a las sienes.

— ¿Qué demonios pasa con esa mujer?

—Oh, ¿la envió de vuelta a la fuerza? No me diga que la dejó en un lugar ridículo.

—Por supuesto no. La envié a su propia habitación, como debe ser.

En su mente, observa a la joven que desapareció ante él caer sobre su cama. Puede verla murmurar algo para sí misma, pero evita escuchar. La clarividencia es útil, pero captar el sonido es más dura para él y, más que nada, es consciente de que escuchar a escondidas es inmoral.

Claude abre los ojos. Lo primero que ve es a Keith sirviéndole una taza de té recién hecho.

—Espero que le guste. Santo cielo, las cosas han estado muy animadas desde anoche, ¿no es así?

—No tenía que devolverla personalmente, mi rey. Yo la habría arrojado por la ventana por usted.

—Eso la habría matado, ¿sabes?

—Esa mujer no se estaría quieta ni siquiera muerta.

Beelzebuth hace esa declaración con una cara seria, sacando una sonrisa de Keith.

Claude no tiene ganas de pretender estar en desacuerdo.

—Sospecho que volverá pronto. ¿Qué debemos hacer, mi rey?

—Ignorarla hasta que se dé por vencida.

—Tengo la sensación de que tendrá que tomar una decisión de una forma u otra antes de que la dama siquiera piense en darse por vencida, mi señor…

— ¡Amo! ¡Amo! ¡Noticias! ¡Viene un mensajero del emperador!

Un cuervo negro azabache está en la terraza, graznando y batiendo sus alas. —Vaya, vaya. —Sonríe Keith. —Estamos recibiendo muchas visitas el día de hoy.

—Dile a los demonios que se queden adentro. Crearé una barrera.

A la orden de Claude, el cuervo alza el vuelo y se aleja rápidamente. Mientras lo ve irse, Beelzebuth habla. —Mi rey. Si tiene la intención de echarlo, iré yo.

—No debes hacer eso. Recuerda el pacto de no agresión. Si tú y los de tu especie se ponen violentos, incluso si es por el bien del rey demonio, eso traería consigo infinitos problemas. —Keith lo reprende burlonamente y Beelzebuth chasquea la lengua con irritación.

—Los seres humanos realmente son todos imbéciles. No les haremos nada a menos que el rey lo ordene.

—Ahora que lo pienso, amo, ¿por qué dejó entrar a la dama Aileen en el castillo?

—Porque vino a verme en persona.

Dadas las circunstancias, pensó que lo mínimo que podía hacer era escuchar lo que tenía que decir. Eso era todo.

Aunque resultó ser una tontería. Oh, pero…

—Respeto su fuerza.

No. No bajes la guardia. No, a menos que quieras abandonar por completo tu humanidad.

Cerrando los ojos nuevamente, se enfoca en expandir su conciencia, ampliando su alcance hasta la empalizada que rodea su castillo y el bosque circundante.

Nadie llegará al castillo. No lo permitirá.

Después de todo, este es el territorio del rey demonio.

~❀❀❀~

Rudolph Lauren D’Autriche es famoso por ser el primer ministro más astuto de la historia del Imperio Ellmeyer. Sin embargo, de un vistazo, casi nadie lo hubiera adivinado.

En sus primeras reuniones, todos los que lo veían indudablemente dirían: ¿Qué, ese tipo de aspecto afable y despreocupado?

—Ah, Aileen. Me alegra que estés aquí. Lamento llamarte tan temprano; este fue el único momento libre que pude encontrar.

Sonriendo, su padre la invita a entrar en su estudio. Aileen se sienta en el sofá para invitados frente a su escritorio de ébano y espera a que su padre se siente frente a ella.

—Es una lástima lo del príncipe Cedric.

—Lo siento mucho, padre.

Su compromiso con Cedric había sido un matrimonio por conveniencia, una maniobra que influía en las negociaciones políticas. Había sido un paso importante, destinado a solidificar aún más la posición del ducado de D’Autriche. No solo eso, sino que dado que su padre es el primer ministro, el escándalo por el compromiso roto probablemente también esté afectando su trabajo.

Dejando de lado la pregunta de si realmente afectará a este padre mío…

—No hay nada que hacer. Después de todo, claramente te has desviado de las preferencias del príncipe Cedric.

Mientras le dice esto, luciendo triste, la expresión de Aileen se vuelve seria. Ella se disculpa una vez más.

—Realmente lo siento mucho.

—Aun así, esperaba que el peso del apellido D’Autriche los mantuviera juntos. Parece que el amor juvenil es poderoso. Tú misma siempre decías: El príncipe Cedric me comprende, así que todo estará bien.

—Lo siento muchísimo, de verdad.

—De hecho, pensé que estarías más desconsolada. Escuché que te habías encerrado en tu habitación. —Su padre suspira. —Y, sin embargo, te ves más feliz de lo que esperaba. Eso es bastante decepcionante…

Hay un arrepentimiento genuino en su voz y las mejillas de Aileen se tensan.

¡Ahí está! ¡Es un sádico! El compromiso de su hija fue anulado y, aun así…!

Su amable padre tiene una predilección extremadamente molesta por deleitarse viendo las desgracias de los demás. La familia no es una excepción. De hecho, dado que, por el amor que les tiene, no se lo oculta a los miembros de su familia, es peor para ellos.

Si le decía que había un problema de matemáticas que no entendía, él se sentaría alegremente a su lado y la observaría estrujarse los sesos. Si estaba disgustada por haber perdido en algo, él disfrutaría analizando las diversas razones de su derrota. Gracias a eso, Aileen se ha vuelto tan resistente que los insultos y contratiempos ordinarios ni siquiera la desconciertan, pero ha desarrollado una personalidad terriblemente indiferente que prefiere buscar soluciones a llorar y pelear en lugar de deprimirse.

Dicho de esa manera, comienza a pensar que muy bien puede ser culpa de su padre que Cedric la abandonara.

—Y yo que esperaba ansioso hasta el momento en que finalmente te dejara.

—Así que no tenías ninguna duda de que algún día me dejarían.

—Él cortó su relación tan cruelmente que casi es difícil de creer… Oh, mi pobre Aileen… En tu desgarrador dolor, seguramente habrías sido la criatura más adorable, ¡y sin embargo…!

—Parece que se lo estaba pasando en grande.

—Pero mírate ahora. Luces totalmente contenta. Me abstuve por insistencia de la servidumbre, pero… sabía que debería haber entrado en tu habitación anoche.

Dando gracias en silencio a los destacados sirvientes, Aileen responde con tanta calma como puede. —He decidido olvidarme por completo del príncipe Cedric.

—Ya veo. Bueno, eso es bueno. Nunca esperé que fuera tan tonto. —Sonriendo levemente, Rudolph borra inmediatamente al príncipe de su mente. Su absoluta falta de vacilación hace que incluso su hija se estremezca. —Aun así, Aileen. Eso no restaura tu posición ni repara el honor de la familia.

—Soy consciente de eso, padre. Lamento haber avergonzado a la casa D’Autriche.

—Entonces, pasemos al tema principal.

Sonriendo, su padre entrelaza los dedos, alegremente.

En otras palabras, a Aileen no le va a gustar lo que vendrá después. Endereza su postura involuntariamente.

—Te estabas preparando para emprender un negocio, ¿no es así? Según recuerdo, habías hecho arreglos para el desarrollo y venta de medicamentos, además de planes para el transporte y mejoras en las carreteras, para poder encontrar un mejor mercado para ellos.

—Sí. Mis hermanos me dijeron que podía asegurar las materias primas produciéndolas en los terrenos de los D’Autriche y que debía desarrollar una ruta de distribución para aumentar las ganancias.

El ducado D’Autriche es vasto y fértil. Sin embargo, esa abundancia solo es cierta cuando se mira el territorio en su conjunto y, dado que el ducado es tan grande, existen disparidades regionales. Sus hermanos piensan que las áreas que no son prósperas, en otras palabras, extensas extensiones rurales que a menudo no contienen nada más que tierra, deben desarrollarse y mejorarse. Idearon varios usos para las plantas que crecen naturalmente en esas áreas y están trabajando arduamente para elevar el nivel de vida de los habitantes estableciendo la producción de productos especiales en esos distritos. También dejaron que Aileen participara en ese trabajo.

La hija de un duque, que en ese momento era la prometida del príncipe heredero, se ocupaba personalmente de los negocios y el comercio. Naturalmente, hubo críticas. Sin embargo, silenciaron a los detractores argumentando que el desarrollo de medicamentos sería de gran beneficio para las masas. También anticiparon obtener una ganancia sistemática al popularizar artículos que eran más accesibles, como jabones, ungüentos y desinfectantes, entre los pueblerinos antes de comenzar a comerciar con productos farmacéuticos, que eran más difíciles de manejar.

De hecho, las finanzas de la familia imperial de Ellmeyer no son tan sólidas como se podría suponer. Por eso quería al menos llevarme una gran dote para cuando me casara con Cedric, por su bien… Después de dejar que su mente divague hasta ese punto, vuelve a pensar en el presente.

—También recuerdo haber recibido su aprobación, padre. ¿Cuál es el problema?

—Todo va a pasar a manos del príncipe Cedric. Se podría decir que se convertirá en una empresa estatal.

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