Hetero, Santa Omnipotente

6°acto: El descubrimiento. Parte 2

Efectivamente, en cuestión de horas, Corinna tenía todo listo para mis experimentos. Nos dirigimos al lugar que me había preparado, el cual estaba cerca de los cultivos de hierbas detrás del castillo que usaban para experimentar.

Corinna había instalado un estante de madera de varios niveles. Había cinco macetas de arcilla sobre él, ya llenas de tierra, pero había más macetas que los jardineros cercanos también estaban llenando.

Cuando Corinna y yo nos acercábamos, el mayor de los jardineros se volteó hacia nosotras. —Esto es prácticamente todo lo que tenemos por ahora. ¿Necesitarán más?

—No, estoy segura de que serán más que suficientes, —dijo Corinna. —Pero si algo sale mal, puede que les pidamos que cambien la tierra o algo.

—Recibido. Hágannos saber si necesitan algo más.

—Gracias.

Corinna y los jardineros hablaban bastante casualmente entre ellos, ya que ellos la ayudaban mucho con la labranza de los cultivos, especialmente de los especímenes más problemáticos.

El jardinero volvió al trabajo y pronto se llenaron todas las macetas. Nos dejaron con alegres asentimientos y sonrisas y continuaron con sus otras responsabilidades.

Corinna confirmó que todos se habían ido antes de decir: —Es hora de empezar.

—Sí. —Me dirigí hacia el estante, deteniéndome cuando me acordé de algo. — ¿Y las semillas?

—Aquí. —Corinna sacó una pequeña bolsa llena de semillas del bolsillo de su falda. —Esta especie es la que crece más rápido de todas las que tenemos en stock.

¿Y esta especie requería bendiciones para crecer en el clima local? Lo verifiqué dos veces con Corinna en voz baja, ya que los jardineros todavía estaban a una distancia auditiva. Ella asintió con la cabeza en confirmación.

Ella estaba pensando en esto tan cuidadosamente como yo. Gracias a dios.

Mientras Corinna me pasaba las semillas, describió en voz baja la hierba en la que se convertirían. Repasando las condiciones necesarias para cultivar esta hierba en mi mente, me dispuse a plantarla. Los jardineros me habían proporcionado todo lo que necesitaba, fertilizante y cosas por el estilo, excepto la bendición, así que todo lo que tenía que hacer era colocar correctamente la semilla en la tierra húmeda.

Una vez que lo hice, puse mis manos sobre la maceta y pensé por un momento. Ahora sólo necesitaba usar mis poderes. ¿Pero cómo? Había una diferencia entre invocar la magia y controlarla.

Cuando hice esto en el instituto de investigación, oré para que las hierbas que ya estaban creciendo fueran más potentes. Esta situación era un poco diferente, ya que estas hierbas no crecerían por sí solas sin mi ayuda. Entonces, ¿debería orar por su crecimiento? ¿Por un crecimiento saludable? Supongo que intentaré eso primero.

Respiré hondo e invoqué mi magia, luego me congelé. Acababa de recordar cuánto tiempo de pensar en Albert requería esta operación. Empecé a sonrojarme desproporcionadamente.

— ¿Pasa algo? —Preguntó Corinna, mirándome con desconfianza.

—N-No, estoy bien, —respondí apresuradamente. No había manera, definitiva e incuestionablemente, de que pudiera decirle la verdad.

Volví a centrarme en la maceta. Uf. Vamos. Es hora de concentrarse en el trabajo. Concéntrate, concéntrate. ¡Sé profesional, Sei!

Me recompuse y me obligué a pensar en Albert, como lo había hecho toda la mañana. La magia comenzó a crepitar a través de mi pecho y, esta vez, no le indiqué que se detuviera. Dejé que se desbordara.

Como quería que la magia se derramara sobre la maceta en mis manos, traté de concentrarme en el flujo de mi magia tal como lo hacía cuando canalizaba mis poderes para conjurar magia curativa. Qué suerte que el gran mago hubiera pasado todo ese tiempo instruyéndome exactamente en esto.

Como anticipé, una niebla blanca con destellos dorados comenzó a extenderse sobre la tierra de la maceta.

—Oh, Dios mío, —dijo Corinna con admiración mientras miraba.

¿Sería esto suficiente? Así lo esperaba. Así lo imploraba. Recé para que la planta creciera y la magia que titilaba sobre el suelo reaccionó a ello. Brillaba, volviéndose más luminosa antes de estallar con un pequeño centelleo. Destellos dorados se desbordaban de la maceta.

— ¿Funcionó? —Preguntó Corinna.

—Yo… no estoy segura. Algo pasó.

—Supongo que lo averiguaremos en un momento, dependiendo de si la semilla brota o no. Volvamos a comprobarlo más tarde.

—Sí… eso suena bien.

—Esta es la siguiente.

— ¿Eh?

Me entregó otra pequeña bolsa.

Oh. Bueno. Por la cantidad de macetas, había asumido que estaría haciendo diferentes tipos de experimentos con el mismo tipo de semillas, pero en cambio, Corinna quería que intentara usar mi magia en diferentes tipos. La detuve para explicar mi noción original y, ella estuvo de acuerdo en que esta era una forma más sólidamente metódica de hacerlo, así que combinamos nuestros métodos. Al final, probé diferentes bendiciones en un lote completo de diferentes tipos.

Sin embargo, les haré saber que era trascendentalmente mortificante tener que pensar en Albert cada vez que usaba la magia.

—Buen trabajo. —Corinna me dio una palmadita en el hombro cuando terminé con la última de las macetas.

—Gracias. —Sonreí.

—La semilla de más rápido crecimiento debería brotar en aproximadamente dos o tres días.

—Pasaré a ver cómo están mañana, por si acaso.

—Buena idea. Bueno, regresemos por ahora.

Dimos media vuelta para ir juntas a la destilería. Acabábamos de llegar al castillo cuando vi que Leo se dirigía en nuestra dirección. Se fijó en nosotras, sonrió y echó a correr para alcanzarnos más rápido.

Miré a Corinna confundida. Por su expresión de perplejidad, ella tampoco sabía qué había provocado esta reacción suya.

Supuse que tenía algún asunto con Corinna, pero resultó que no era así. Tan pronto como Leo nos alcanzó, me agarró por ambos hombros. — ¡Únete a mi compañía de mercenarios!

— ¿Qu-Que? —Me sorprendió la repentina invitación. ¿Realmente me acababa de preguntar lo que creía que acababa de preguntarme? ¿Qué demonios? —Um, ¿A qué viene esto?

— ¡Quiero que formes parte de mi compañía!

—Oh… Um, realmente no tengo idea de por qué dices esto. ¿Qué te hizo querer invitarme?

Leo estaba increíblemente animado mientras se explicaba: todo se reducía a cómo había curado a sus hombres el día anterior.

Como señalé anteriormente, muy pocas personas podían usar magia y aún menos poseían magia curativa, especialmente en regiones. Y yo me había parado delante de Leo y su compañía con una exposición completa de mi poder. Tener a alguien que pudiera usar magia curativa en su compañía mejoraría la tasa de supervivencia de sus hombres en un grado hasta ahora inimaginable.

Además, estaba el pequeño hecho de que había entrado en pánico y usado el hechizo de curación en área, el cual requería un nivel bastante alto en magia sagrada. Por lo tanto, Leo había deducido que yo era excepcionalmente hábil. Me aseguró que ser alquimista era, en pocas palabras, un desperdicio de mis talentos.

Las palabras de Leo hicieron que la mirada de Corinna se endureciera y dijera en un tono frío: —Espera un minuto. ¿Qué quieres decir con que ser alquimista sería un desperdicio de sus talentos?

Una gota de sudor frio corrió por la sien de Leo, pero a pesar de la mirada amenazadora de Corinna, se mantuvo firme. —Oh, um, no estaba tratando de quitarle mérito al trabajo que hacen ustedes los alquimistas. Es solo que su talento es excepcional. ¿Entiendes a qué me refiero?

—Soy consciente del valor de un mago, —resopló Corinna. —Escucha, entiendo tu interés, pero tendrás que olvidarte de reclutar a Sei.

— ¿Eh? ¡¿Por qué?!

Corinna y Leo hablaban como si yo no estuviera presente. Pero, bueno, Corinna tenía razón, no tenía intención de unirme a la compañía de Leo. Entonces, simplemente continué observando en silencio su conversación. Después de todo, venía de la capital. No iba a quedarme en el feudo Klausner para siempre.

Además… si me iba…

En ese momento, la temperatura del aire a nuestro alrededor bajó varios grados, como si un viento frío se hubiera colado por la puerta.

— ¿Qué crees que estás haciendo? —Todos se voltearon para mirar detrás de Leo, hacia la persona que había hablado.

La mirada gélida de Corinna no tenía ápice de comparación con la mirada gélida que este hombre le estaba dando a Leo. De repente, estaba segura de que la caída de temperatura no había sido mi imaginación.

Um… Creo que necesitas controlar tu magia, amigo. No te vendría mal un poco de práctica. Ja, ja… ja… Este pensamiento rondaba en mi mente, tratando desesperadamente de escapar de la realidad de mi situación.

Albert estaba de pie detrás de Leo, mirándolo con sus dos ojos azules como el hielo.

Al ver a Albert, Leo también se tensó instantáneamente. —Disculpe, mi señor. Simplemente estábamos teniendo una conversación agradable.

— ¿De veras? Entonces, ¿cuánto tiempo planeas mantenerla sujeta por los hombros?

¿Eh? Saben, creo que es la primera vez que escucho a Leo ser tan formal. ¡Suena un poco raro! Oh, espera. Supongo que debe ser porque Albert es un noble y todo eso, pensé, mis pensamientos iban a toda velocidad cuando Albert se acercó a nosotros. Muy deliberadamente quitó las manos de Leo de mis hombros.

Mientras lo hacía, el aura de Leo se volvió aún más amenazadora.

— ¿Y de qué estaban hablando? —Preguntó Albert.

—Nada de importancia, mi señor.

— ¿Estás bromeando? Le estabas pidiendo a Sei que se uniera a tu compañía de mercenarios, —espetó Corinna.

— ¡Abuela! —Leo le hizo una mueca a Corinna.

Corinna resopló, totalmente indiferente.

Sin embargo, a pesar del pánico de Leo, el estado de ánimo de Albert pareció suavizarse al escuchar esto. ¿Quizás había temido que Leo tuviera otras intenciones?

—Sei no se unirá a tu compañía, —dijo Albert.

— ¿Y por qué es usted quien decide eso? —Dijo Leo, rompiendo con su anterior rigidez. —No veo por qué lo que haga Sei es asunto suyo.

—De hecho, es enteramente asunto mío. Después de todo, ella vino con nosotros desde la capital.

— ¿Eh? Espere, ¿quiere decir que ella es una de las magas de palacio? Entonces, ¿qué hace aquí creando pociones en la destilería todo el día?

Bueno, es un pasatiempo o, en realidad, ¡es mi trabajo! Y no soy una maga, Leo, ¡vamos! Pensé.

Mientras lo miraba con el ceño fruncido, un pensamiento pareció cruzarle por la mente a Leo. Sus ojos se abrieron en desmedida y su boca se abrió un poco. —Espera. ¿Eres la santa?

—Cuida tu tono, —espetó Corinna.

Leo me miró fijamente, completamente aturdido, yo ladeé la cabeza, un poco perpleja… hasta que me di cuenta de que era mío. El problema había sido mío.

Upsy. ¿Olvidé decírselo?

Bien, bien. Quizás me había olvidado de compartir ese pequeño detalle. ¡Llámalo falta de costumbre!

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