Hetero, La Princesa Maldita y el Caballero Afortunado

Capítulo 6: Tú eres el único en quien creo. Parte 5

—Vaya… —Sonia susurró para sí misma.

Se suponía que la capilla clausurada estaba vacía, pero era evidente para cualquiera por los crujidos de la puerta arqueada y los golpes provenientes del interior que la situación era anormal.

—No pensé que fuera del tipo asertivo, —evaluó Chris con voz impresionada desde donde estaba, al lado de Sonia.

—Podría estar enojado porque lo descubrió…

— ¿Por qué? Cualquiera podría haberlo hecho si pensara en hacer una pequeña investigación. Fue fácil darse cuenta de que es el padre Ferns.

—No, no él, sino que… —Justo cuando Sonia estaba a punto de responder a la pregunta de Chris, ¡BANG! Las puertas de la capilla se abrieron con estrépito, seguido por un fuerte viento o, más como un pequeño remolino.

— ¡Aah!

— ¡Duquesa Sonia!

El remolino atrapó a Sonia en un abrir y cerrar de ojos para arrastrarla dentro. Chris agarró a Sonia mientras la levantaba el viento y la abrazó mientras los arrastraban a la capilla, pero el viento se disipó en el momento en que cruzaron la puerta. Elevados en el aire por el remolino, los dos cayeron al suelo cuando este se dispersó. Chris protegió a Sonia de la caída, pero salió peor parado por ello.

— ¿Se lastimó, duquesa Sonia? —Preguntó.

—Estoy bien, pero ¿y usted…? —Sonia lo miró con ojos llenos de preocupación.

— ¡Estoy bien! ¡Me he entrenado para esto! —Dijo con una sonrisa, para tranquilizarla.

Al notar la presencia de alguien, Chris se puso de pie con un grito ahogado y se paró frente a Sonia para defenderla.

— ¡Pamela! —Sonia gritó el nombre de su amiga, el nombre de la joven que flotaba donde una vez estuvo la estatua de la Santa Madre.

— ¡Aléjate de la dama Pamela! —Exigió Chris.

— ¡Ya lo escuchaste! ¡Pamela no tiene nada que ver con esto! —Gritó Sonia. Ferns continuó sonriendo obscenamente, sin hacer caso de sus gritos.

—Deja su cuerpo, —ordenó Chris mientras bajaba la espada que había traído atada a su espalda.

Una vez que Chris quitó las ataduras de tela de la espada para revelar la hoja, la sonrisa de Ferns se desvaneció. Hecha de platino, la espada brillaba celestialmente sin necesidad de que le diera la luz, como si emanara luz propia.

— ¡Ah…! No sabía que la tenían… ¡Y yo que he pasado tanto tiempo tratando de cazarlos para poder destruir la maldita cosa…!

—Ferns, esta espada se ha guardado cuidadosamente en la catedral durante todos estos años. No pudiste notar su presencia debido a esto. —Chris levantó la tela que se utilizó para envolver la espada: una dalmática con bordado de cruz.

—Toda la devoción del Papa anterior fluye a través de esta dalmática. ¡Sirvió como una venda para evitar que vieras la espada!

— ¡Esto es indignante! ¡Cómo se atreve Su Santidad, un consiervo de Dios, a apoyar la villanía de los Clare…! ¡Ese Papa no debe ser perdonado por haberle dado la espalda al Señor! —Gritó Ferns. La noticia debió de ser una gran conmoción, porque el cuerpo de Pamela se bamboleaba inestable en el aire.

— ¡SILENCIO! —Gritó Chris, su voz resonando por toda la capilla. — ¡¿Todavía no lo asimilas, Ferns?! ¡Tu alma está condenada! ¡No pudiste ver la espada escondida por el atuendo santificado de la dalmática del Papa anterior porque tus ojos han sido manchados por un demonio!

— ¡Ahórrame tus palabras retorcidas! ¡Este poder fue un regalo de Dios Todopoderoso! ¡Dios me dio este poder para castigar a los Clare para que yo pudiera presidir su tierra! ¡Él me lo dijo!

—Dado que a mí se me otorgó magia protectora, no deberías sufrir ningún daño si te golpeo con ella.

—Ugh… —Ferns gimió de frustración, bajando el cuerpo de Pamela al suelo.

— ¿No me temes? Les tienes miedo a los hombres con barba. ¿Sabes por qué es eso? —Preguntó Chris.

—SILENCIO… ¡Detén esa lengua bífida!

Por supuesto, Chris no tenía ninguna intención de obedecer las órdenes de su enemigo.

—Te lo diré. ¡Es porque recibiste esos poderes al jurar lealtad al demonio Baphomet!

— ¡MENTIRAS! ¡Mentiras inmundas! Este poder es la prueba de que en la muerte, el alma está a la par con Dios, ¡incluso sin un cuerpo! —Protestó Ferns.

Chris avanzó lentamente hacia el sacerdote profundamente perturbado y tambaleante con la espada en ambas manos.

—Escuché que Baphomet desafió a Miguel a una batalla hace eones y perdió miserablemente. La batalla fue retratada en una pintura aquí en el castillo Clare. La pintura no sigue la tendencia artística actual de utilizar a jóvenes apuestos, sino que muestra guerreros barbudos luchando largo y tendido, sin detenerse nunca a dormir o descansar. ¡Le tienes miedo a las barbas porque todavía recuerdas vívidamente haber perdido esa batalla!

— ¡Eso no puede ser! —Gritó Ferns. El cuerpo de Pamela se convulsionó como si fuera alcanzado por un rayo interminable.

Chris se echó sobre los hombros la dalmática que había ocultado la espada, como si se estuviera poniendo una armadura para la batalla.

— ¡Es hora de que te enfrentes a los hechos! ¡Has vendido tu alma a un demonio! ¡Ahora sal del cuerpo de Pamela! —Rugió imponente. Apuntando con la espada a Ferns, su cuerpo comenzó a emitir una luz tenue. La suave luz blanca era…

¿Magia protectora? Sonia nunca antes había visto la protección divina con tanta claridad. Hipnotizada, se asombró de nuevo por su poder como caballero diamante.

Los brazos de Pamela cayeron débilmente a los costados de su cuerpo, con la cabeza echada hacia atrás. El cabello despeinado cubría su rostro, haciendo imposible leer su expresión.

Parecía como si hubiera tomado su último aliento. Llena de la sensación de que Ferns había pasado al otro lado y llevado a Pamela con él, Sonia se acercó lentamente al cuerpo de su amiga.

— ¡Duquesa Sonia, vuelva! —Gritó Chris. Impidió que Sonia se acercara a Pamela, pero en el momento en que apartó los ojos de la oveja perdida, ¡SMACK! Un trozo de escombros cayó del techo con la intensidad de un disparo de catapulta… ¡justo en la cabeza de Chris!

— ¡SEÑOR CHRIS!

La risa estridente de un hombre resonó por toda la capilla. El grito de júbilo: — ¡Lo hice! —El zumbido en los oídos de Sonia la llenó de indignación, pero tenía que darle prioridad a Chris. Corriendo hasta llegar a su lado, un grito agudo escapó de sus labios cuando lo vio presionando su mano contra su frente. Sangre fresca goteaba por los huecos entre sus grandes dedos.

¡Esto es mi culpa! Su rostro debió haber delatado sus pensamientos, porque Chris pareció darse cuenta de que se culpaba a sí misma cuando dijo: — ¡Me alegro de que no la golpeara! ¡Esto no es nada para mí!

Él le ofreció una sonrisa y rasgó la parte inferior de la dalmática que cubría sus hombros.

—Yo lo haré… —Se ofreció Sonia. Tomó el trozo de dalmática y le secó la sangre que le corría por los ojos. —Lo lamento. ¡Es mi culpa que resultara tan malherido…!

—Las heridas en la cabeza y la cara se ven peor de lo que realmente son. ¡No hay de qué preocuparse! —Le aseguró Chris.

La visión de Sonia se nubló, un pozo de lágrimas a punto de desbordarse. Chris le dio unas palmaditas en la cabeza para tranquilizarla mientras ella luchaba por contenerlas y envolvía rápidamente el trozo de tela alrededor de su cabeza.

— ¡Cuidado! —Gritó de repente.

¡Whoosh! El sonido de algo atravesando el aire fue seguido por el sonido de cuerpos pesados ​​chocando. Esos eran los únicos sonidos cercanos que Sonia podía distinguir.

Chris se había arrojado sobre ella en un abrir y cerrar de ojos. Justo cuando se dio cuenta del peso de sus firmes hombros y fuertes brazos presionando sobre ella, se relajó. La oscuridad creada por su cuerpo cedió lentamente. Aunque a Sonia le pareció lento, probablemente esto sucedió en el lapso de unos pocos segundos. ¡Thud! Su enorme cuerpo colapsó sobre el suelo de piedra.

— ¡SEÑOR CHRIS! —Gritó Sonia. Un trozo de escombros del tamaño de la cabeza de un adulto cayó junto a ellos.

— ¡JAJAJAJAJAJAJA! —El hombre que se había apoderado del cuerpo de Pamela se rió extasiado. — ¡Descubriste quién soy! ¡No puedo dejarte vivir!

— ¡Señor Chris! ¡Aguante! —Gritó Sonia. Chris había caído de espaldas, lo que le permitió acariciarle la cara.

No está muerto, ¿verdad?

— ¡Señor Chris! ¡Señor Chris! —Lo llamó.

—Aah… —Hizo una leve mueca. Su cabeza giraba mientras luchaba desesperadamente por responderle. —Estoy… bien… —Se las arregló para decir en un susurro, con la cabeza todavía confusa por la conmoción.

— ¡Oh, sí! —Ferns dijo de repente. — ¡Sonia de Clare! Querías que devolviera el cuerpo de esta chica, ¿no es así?

Sonia protegió a Chris mientras se volteaba hacia la voz, la cual ya no pertenecía a Ferns y ciertamente no le pertenecía a Pamela. Esta era la voz del demonio Baphomet.

—Negociemos. Si me entregas tu cuerpo, dejaré a esta chica.

— ¿En serio? —Presionó Sonia.

—Tengo más que ganar con la posesión de tu acaudalado recipiente que permaneciendo dentro de esta chica. Sonia, ¿no te has dado cuenta de que no eres más que una marioneta atada a los hilos de una fortuna masiva y un título nobiliario? Por el bien de tu casa aristócrata, te verás obligada a contraer matrimonio en contra de tu voluntad y pasarás el resto de tu vida administrando las herencias y los bienes. Debes sumergirte en esta vida solitaria y triste antes de cumplir los veinte años. ¿Estás de acuerdo con esto? ¿Cómo podrías? Serías mucho más feliz dándole todo eso a otro y empezando desde cero.

— ¿Devolverás a Pamela sana y salva? —Le preguntó al demonio.

—Puede que sea un demonio, pero eso no significa que no cumpla con mi palabra. Tu riqueza, prestigio y cuerpo juvenil son más que suficientes. Devolveré a esta chica con su cuerpo y alma ilesos, —le aseguró Baphomet.

Sonia se puso de pie lentamente. Fijó su mirada inalterable en Baphomet en el cuerpo de Pamela. Su rostro estaba completamente desprovisto de expresión. Pero Baphomet sabía lo que eso significaba.

Este es el rostro de una chica lista para morir, reconoció el demonio.

Sonia dio un paso adelante. Siguiendo su ejemplo, Baphomet también avanzó.

—Es hora, Sonia de Clare… —Dijo Baphomet, levantando ambas manos de Pamela hacia Sonia.

Sonia levantó con elegancia los brazos ligeros como plumas en un gesto que parecía como si estuviera aceptando una invitación a bailar. ¡En sus manos, sostenía la botella de aceite corporal santificado!

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