Hetero, Santa Omnipotente

4°acto: Los ingredientes. Parte 1

Justo cuando me estaba acostumbrando a la vida cotidiana en el feudo Klausner, comencé a sentir la necesidad de cocinar un nuevo platillo; la comida que se ofrecía aquí era excelente, no me malinterpreten, pero bueno…

El señor Klausner y los chefs del castillo se esmeraban mucho en nuestras comidas. El desayuno era el mismo que se servía típicamente en todo el reino de Salutania, pero para otras comidas, preparaban minuciosamente los platos que escuchaban que eran populares en el palacio. En otras palabras, comíamos prácticamente la misma comida todos los días.

Entendía esto como un gesto en nombre de hacerme sentir cómoda y, estaba agradecida por eso. Sin embargo, el limitado menú empezaba a sentirse realmente, ya saben, limitado.

En este mundo, donde los medios de comunicación no estaban tan desarrollados, la cantidad de información que llegaba a regiones también era limitada. Lo único que los chefs de aquí realmente sabían sobre los platos populares en el palacio era que las hierbas se usaban para asar carne o hacer sopas.

Partiendo de esa escasa información, regularmente incorporaban hierbas en su cocina y, en mayor cantidad de la que yo había usado originalmente, lo que hacía que sus platos fueran especialmente sabrosos.

Sin embargo, se limitaban a la comida asada ​​y las sopas. Podrían haber agregado hierbas a las frituras o al pescado a la parrilla, pero por alguna razón no lo hacían. ¿Quizás tenían miedo de equivocarse? Solo podía hacer suposiciones. En cualquier caso, el resultado era una interminable cadena de sopas, asados, sopas, asados, sopas, asados, etc.

Los chefs eran tan buenos usando hierbas en los platos que preparaban que estaba segura de que les iría de maravilla con nuevas recetas, pero me habría sentido terrible quejándome de la comida que trabajaban tan duro para hacer. Además, habría sido muy grosero de mi parte.

Pero a veces solo ansiaba un sándwich o, tal vez algo de pescado. En poco tiempo, comencé a fantasear con un recetario ampliado de Klausner.

De vuelta en el instituto, habría hecho algo nuevo sin pensarlo dos veces, pero mis opciones eran limitadas aquí. Para cocinar, necesitaba un lugar donde hacerlo.

Si quisiera usar las cocinas del castillo, naturalmente necesitaría el permiso del señor Klausner. Y aunque tenía experiencia cocinando al aire libre, me tomaría un poco más de preparación que en una cocina.

Sin mencionar que una cosa era cocinar sobre una fogata en una expedición, pero si lo hiciera en algún lugar cerca de los terrenos del castillo, definitivamente llamaría la atención. Además, el señor Klausner sin duda haría suposiciones, como que me disgustaba la comida que me servían. Me sentiría fatal si pensara eso, especialmente porque él y su personal hacían todo lo posible para satisfacer mis gustos.

¿Habría algún lugar donde pudiera cocinar en secreto?

—Mmm…

— ¿Qué sucede? —Preguntó uno de los caballeros, preocupado por mi ceño fruncido.

Me encontraba en el cuartel de los caballeros y me había sumido en mis pensamientos mientras esperaba que el asistente contara las pociones que había entregado.

—Oh, nada, sólo es algo que no he podido quitarme de la mente. —Sentía que podía confiar en él ya que él era parte de la tercera orden, pero tenía miedo de que cualquier cosa que dijera accidentalmente llegara a oídos del señor Klausner con una connotación negativa.

¿Cómo puedo ponerlo? Mientras me decidía en cómo responder, otro caballero se acercó también.

— ¿Qué pasa? Si hay algo que le moleste, no dude en comunicárnoslo.

—No es la gran cosa, —le aseguré.

—Está bien si no quiere hablar de ello, pero a veces es mejor desahogarse.

—Realmente, no es nada. Estaba pensando en cómo me gustaría volver a cocinar; podría ser un buen cambio de aires.

— ¡¿Va a cocinar?! —Exclamó el caballero mientras sus ojos se iluminaban.

Otros caballeros también escucharon y, todos comenzaron a reunirse, preguntando qué estaba planeando hacer. Algunos incluso tenían solicitudes directas que discutían activamente entre ellos.

¿Cómo pasó esto? Me gustaba hacer pociones y no era como si estuviera cansada de eso, pero sentirse cansado de la rutina era totalmente normal. Pensaba que la excusa del cambio de aires funcionaría, pero no esperaba este nivel de entusiasmo.

Cuando pregunté, para tantear el terreno, supe que las comidas que se servían los caballeros no eran las mismas que las que comía yo en el castillo. El joven Hawke y yo recibíamos platos condimentados, pero los caballeros se las arreglaban con la comida típica de Salutania. Los platos condimentados eran más caros, por lo que no se podía evitar. Además, los chefs del castillo habían pensado que los caballeros estaban acostumbrados a platos sin condimentar, por lo que no habían pensado que nadie se decepcionaría.

Sin embargo, los caballeros sabían lo que se estaban perdiendo. Después de todo, les había cocinado en expediciones. Además, siempre que pagaran, las personas ajenas al instituto podían comer en nuestro comedor, aunque los caballeros no siempre tenían tiempo para venir.

En cualquier caso, desde que llegaron al feudo Klausner, se habían visto privados por completo incluso de la opción de un mejor menú. Habían acordado simplemente sonreír y soportarlo ya que estaban aquí por trabajo, pero ahora estaban emocionados.

— ¿De qué se trata toda esta conmoción?

—Oh, comandante.

El comandante Albert Hawke bajó desde el segundo piso, frunciendo el ceño ante el alboroto.

Cuando le dije a Albert lo que había pasado, este asintió con la cabeza en comprensión y me dio una sonrisa un tanto tensa. —Ya entiendo.

—Pero no tengo dónde cocinar, así que no es como si pudiera en primer lugar. Dudo que me dejen tomar prestadas las cocinas del castillo. ¿Quizás podría hacer algo en la destilería?

— ¿Sería eso posible?

—Tienen calderos y esas cosas, así que si lo intentara, probablemente. Pero tengo la sensación de que me van a regañar.

La destilería tenía un fogón y una tonelada de ollas y demás, que, por supuesto, se usaban generalmente para pociones. Sin embargo, todos se desvivían por las pociones. No podía imaginar lo irritados que estarían si profanaba las herramientas de su oficio por el bien de un pasatiempo. Y dudaba que Corinna me diera permiso en primer lugar.

—Aquí tenemos una pequeña cocina, —dijo Albert. —Podrías usar esa si quieres, pero…

— ¿No tienen nada que pueda usar para hervir agua?

—Lamentablemente no. Cada vez que queremos hacer té, tenemos que enviar al mayordomo a las cocinas del castillo.

—Ya veo.

Probablemente podría preparar algo si usaba la pequeña cocina en el cuartel de los caballeros, como había sugerido Albert. Sin embargo, incluso si pudiera hacer lo suficiente para algunas personas, no podría alimentar a toda la orden.

Si quería tener acceso a una cocina más grande, entonces la única opción además de la del castillo era probablemente ese único comedor que conocía en la ciudad. Sin embargo, no conocía a nadie de allí. Y de ninguna manera consentirían en dejarme a mí, una extraña y, nada menos que la santa, usar sus cocinas. Que lastima.

No era como si tuviera tantas ganas de cocinar como para pedirles a personas que no conocía que me prestaran su cocina.

—Podrás cocinar un poco cuando salgamos de expedición, —dijo Albert. —Tendrás que esperar hasta entonces.

—Sí… Eso es una lástima.

— ¿Estás bien?

—No quiero hacer un gran escándalo ni nada, sólo estoy un poco cansada del menú del castillo. Probablemente no tienen intenciones de cambiarlo, ¿verdad?

Albert hizo una pausa, luego se inclinó hacia adelante y llevó sus labios a mi oído para susurrar: —Te entiendo completamente.

Lo miré mientras él retrocedía con una mirada un poco incómoda y tímida en su rostro. Le devolví una sonrisa igualmente incómoda.

No importaba cuánto nos gustaran los asados, no significaba que quisiéramos comerlos preparados de la misma manera todos los días, incluso si variaban las carnes y hierbas.

—Ojalá al menos añadieran pescado al menú, —dije.

—Sé lo que quieres decir, pero primero tendríamos que hacer la solicitud.

—Es tan difícil pedir algo, —gimoteé.

Aunque ahora sabía que Albert compartía mi opinión, seguía sin saber qué hacer para sacarnos de nuestra miseria gastronómica. Al final, acordamos que ambos esperaríamos con ansias la expedición.

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