Hetero, Mi marido con Cabeza de Bestia

Capítulo 2: Un matrimonio ahogado en objeciones. Parte 3

Sus labios temblaron.

La boca del león en el espejo se movió mientras Rosemary continuaba inmóvil en estado de shock.

—Ah, entonces, puedes verlo cuando es un reflejo en un espejo. Tiene sentido, ya que un espejo solo proyecta la verdad. ¿Cómo se ve mi cara para tus ojos en este momento? —Su tono autoritario obligó a la tímida mirada de Rosemary a volver a él. Su rostro seguía siendo humano, aunque frunciendo el ceño, lo que le permitió recuperar un poco de compostura.

—Veo… a un espléndido caballero.

— ¿Y en el espejo?

—A un león… ¡¿Ah?!

Si había dicho que un espejo solo proyecta la verdad, entonces… este reflejo de un león plateado debía ser…

—Su Alteza, ¿todos los demás… ven tu rostro como el de un león plateado? Entonces…

Claudio, el príncipe heredero de la nación mágica de Baltzar, contaba con la mayor cantidad de maná, dentro y fuera del reino. También era famoso por sus logros como guerrero. Si uno mencionara un demérito con respecto a él, sería que su rostro es tan aterrador que una mirada sería suficiente para atormentar tus recuerdos.

De repente, recordó los rumores. Por eso su familia y Heidi parecían tan decepcionados y, por eso Claudio permanecía soltero a pesar de ser mayor de edad.

El príncipe heredero estaba desfigurado: su cabeza era la de un león. Así como ella siempre había tenido miedo de las cabezas de las bestias, las personas que veían a Claudio naturalmente le tenían miedo.

Rosemary se tapó la boca con las manos, casi sin poder creer lo que estaba pasando.

—La razón de mi estado anómalo y del problema único de tus ojos es la misma: hace siete años, robaste mi tesoro, mi maná. ¡Devuélveme el maná que me robaste, ingrata! —Él le rugió, exasperado y resentido. En respuesta, Rosemary negó con la cabeza enérgicamente. ¡Ella no tenía ningún recuerdo de tal cosa!

—No he hecho nada. Ni siquiera te conocía hasta que asistí al baile nocturno. Tampoco recuerdo haber robado nunca tu maná. Debes haberme confundido con otra persona…

—No, tú y yo nos conocemos. Reconocería mi propio maná en cualquier lugar. Por eso me ves con rostro humano: tienes lo que una vez fue mi maná. No estaría reaccionando a mí si en realidad fuera tuyo. —Aunque su ceño fruncido estaba centrado en ella y ella se encogía de miedo, Rosemary trató desesperadamente de recordar.

Cuando vio el castillo de Baltzar, sintió como si lo hubiera visto antes en alguna parte, pero no recordó nada una vez que vio la cara de Claudio.

—Y-Yo recuerdo a mi padre diciéndome que una vez me trajo a Baltzar, pero… me disculpo, simplemente no recuerdo nada de eso.

—Eso lo tengo claro. Es evidente que si lo recordaras, te habrías puesto en contacto con Baltzar de inmediato o, algo por el estilo. No tienes idea de cómo he tenido que vivir durante estos últimos siete años. Te salvé en el bosque prohibido y, ¿cómo me lo agradeces? Robándome mi maná, olvidando que alguna vez lo hiciste y luego recluyéndote, lejos del mundo exterior. No, no te imaginas por lo que he pasado.

Claudio frunció los labios con fuerza. Rosemary podía sentir la ira que se filtraba en sus ojos, entrecerrados por el odio y mantuvo la boca cerrada.

Podía llamarla ingrata y afirmar haberla salvado todo lo que quisiera; aun así no recordaba nada. Su padre había mencionado llevarla a Baltzar, por lo que al menos había algún precedente para lo que decía Claudio. Aun así, no podía saber si estaba mintiendo. Su cabeza seguiría siendo humana de cualquier manera. ¿Era seguro tomar las palabras de Claudio al pie de la letra? Si hubiera una posibilidad remota de que su decisión tuviera consecuencias terribles para Volland, no sería capaz de superarlo.

—Pe-Pero… ¿cómo podría alguien como yo robar tu maná? No soy una hechicera… —Cuando miró a Claudio de manera suplicante, él se quedó en silencio, como si fuera a chasquear la lengua con disgusto hacia ella. El silencio se apoderó de ellos por un corto tiempo. Entonces, resonó una risa fuerte y disonante, casi como si hubiera sido calculada.

—Esa es una pregunta justa, diría yo. —La voz alegre y desconocida tomó a Rosemary por sorpresa. Miró alrededor de la habitación en busca de su fuente cuando, de repente, alguien descendió desde el techo.

La persona que aterrizó ante ella era un hombre unos años mayor que Claudio, con cabello castaño dorado que caía en ondas. El lunar distintivo debajo de su ojo derecho emitía una vibra un tanto coqueta a su personalidad. Sin embargo, por alguna razón, estaba vestido con un llamativo atuendo de sacerdote.

— ¿Qué estás haciendo aquí?

—Me da la impresión, Su Alteza, que si alguien no toma el control, simplemente permanecería enojado. Puedo entender que esté molesto. Pero ha pasado tanto tiempo cortejando a la princesa y colmándola de atenciones que este cambio repentino tiene muy poco sentido.

Imperturbable por el repentino intruso en su habitación, Claudio respondió con un tono indiferente y una expresión fría. Su comportamiento hizo que los ojos de Rosemary se movieran con sorpresa. ¿Quién era esta persona que no le tenía miedo a Claudio en su estado transformado? Más importante aún, ¿qué estaba haciendo tirándose del techo del dormitorio de una pareja casada?

— ¿Cortejándola? Ya basta de tus frases engañosas. Obviamente he estado manteniendo las apariencias. La chica tiene mi maná. Entonces, por supuesto, necesitaba decir lo que sea para mantenerla dentro de Baltzar y de buen humor.

— ¿No es eso ser demasiado sincero? No debería decir eso delante de su esposa. ¿Verdad, ama? Es bastante cruel de su parte, ¿no cree?

Rosemary se quedó estupefacta ante la conversación algo informal que se desarrollaba ante ella. Cuando el tema de repente cambió a ella, volvió a sus sentidos. Tuvo la sensación de que escuchó que se decían barbaridades, pero lo dejó en un segundo plano.

—Disculpe… ¿quién es?

—Oh, ¿yo? Soy…

—No se requieren presentaciones. No te aparezcas cuando ni siquiera estás invitado, cura degenerado, —dijo Claudio, interrumpiendo al hombre antes de que este pudiera presentarse. Luego lo agarró por el cuello de la sotana y trató de arrastrarlo hacia la puerta, pero el hombre se soltó.

—Al menos déjeme decirle mi nombre, ¿quiere? Después de todo, nos veremos con bastante frecuencia a partir de ahora.

—No es necesario que mantengas una conversación. Ya has dicho más que suficiente.

—Entonces, ¿no me va a dejar hablar con su esposa? Madre mía, qué príncipe tan posesivo es. Un poco desagradable, si me pregunta. —Mientras el hombre vestido de sacerdote sacudía la cabeza con decepción, Claudio sacó silenciosamente un cuchillo del bolsillo de su pecho y se lo arrojó.

El cuchillo se enterró en él, o casi, el hombre se inclinó hacia atrás y pateó el suelo como un acróbata profesional.

— ¡Oh! Tranquilo. Es tan peligroso como siempre, Su Alteza. —El hombre que esquivó el cuchillo con la mayor facilidad aterrizó ágilmente detrás de Rosemary.

—Soy Fritz. Como puede ver, he tomado el hábito de la iglesia estatal. Puede confiar en mí si tiene algo que le preocupe, así que siéntase libre de venir a mí sin dudarlo, mi dama. —Dándose la vuelta, Rosemary parpadeó al hombre. Él se quedó allí, presumido pero elegante, guiñándole un ojo.

— ¿De verdad es un clérigo? Estaba convencida de que era solo un disfraz… —Toda su vida, tanto en casa como en la reciente ceremonia, Rosemary solo había visto clérigos serios y estrictos. Hablando honestamente, él no solo vestía su atuendo de sacerdote de una manera bastante informal, sino que estaba muy lejos de la impresión que tenía Rosemary del estilo de vida intachable del clero.

Los ojos de Fritz se abrieron en estado de shock y, Claudio, en lo que solo podría llamarse un giro inesperado de los acontecimientos, comenzó a reír.

— ¡Un disfraz! Pft, ja, ja, ja, realmente deberías dejar tu trabajo de día.

—Bueno, no lo haré. Durante el día, cumplo con mis deberes con mi atuendo en perfectas condiciones.

Rosemary se inclinó a modo de disculpa ante Fritz, nerviosa, mientras él dejaba escapar un gran suspiro.

—Lamento mucho mis comentarios groseros… —Si se cambiaran las tornas, sería como si alguien le dijera a Rosemary que en realidad no es una princesa. Y si fuera ella, eso la habría derrumbado.

—No necesitas disculparte. Este tipo es de la clase que se ofrece voluntario como mi espía dentro de la Iglesia.

—Bueno, Su Alteza, no puedo dormirme en los laureles. Usted es bastante vilipendiado en la Iglesia, después de todo. Además, lo crea o no, soy una persona capaz y popular. Recuerde que tengo conexiones tanto dentro como fuera de esta nación. Entonces, en lugar de desperdiciarme en una iglesia corrupta, preferiría que le diera un buen uso a la información que he recopilado con tanto esfuerzo. —El rostro con esa sonrisa frívola no se había transformado en la de una bestia en lo más mínimo en todo este tiempo. Todo lo que dijo era la verdad. No obstante, estaba sorprendida de que pudiera existir un clérigo tan despreocupado.

—Entiendo más o menos las circunstancias, señor Fritz. Pero, ¿por qué lo del techo…?

—Sobre todo por diversión, supongo. Además, me preocupaba que Su Alteza pudiera perder el control al tener a su dama predestinada finalmente a su alcance, ¡así que estaba vigilando…! ¡Su Alteza! ¡¿Podría dejar de tirarme cuchillos, por favor?! —Fritz golpeó los cuchillos que venían a toda velocidad hacia él por segunda vez. Casi al mismo tiempo, le creció un largo hocico y su cabeza se transformó en la de un zorro naranja claro. Rosemary se tensó por el miedo.

Sin siquiera importarle que Fritz, ahora transformado por la ira, lo atacara, Claudio se burló con disgusto.

— ¿Qué más esperas? Estás diciendo cosas para ganarte mi ira. Ahora vete. Esta conversación no va a ninguna parte.

—Mi partida es ciertamente una opción. Pero, ¿qué pasa con su incapacidad para probar cómo su esposa no hechicera robó su magia? Creo que en lugar de perder la calma y amenazarla, sería más fácil y útil asegurarse de que pueda comprender correctamente los detalles. —Ahora que se había calmado, el rostro de Fritz volvió a su forma humana, el mismo rostro humano de antes, con su vibra coqueta, a pesar de que era un hombre, gracias al lunar debajo de su ojo. Claudio asintió de mala gana, con el rostro contraído en una mueca amarga.

—Lo entiendo. Hagámoslo, entonces. —Claudio accedió a la idea y ordenó a Fritz que le llevara algo. Una vez que Fritz salió de la habitación, Claudio se tumbó en silencio en el sofá cercano.

Rosemary se estremeció, sus hombros temblaban mientras miraba tímidamente a Claudio. Mientras este se sentaba con un codo apoyado en su regazo y apoyando la cabeza en la mano, su rostro exudaba fatiga por todos los poros.

— ¿E-Estás cansado…? —En respuesta a su simple e instintiva pregunta, Claudio la miró como si estuviera poseído. Parecía que había tocado un tema delicado. Un escalofrío recorrió su columna vertebral.

—Oh, estoy cansado, por supuesto que lo estoy. Muy, muy cansado. Y tú eres la principal culpable.

Entonces, ¿ella era la raíz del problema otra vez? Le habían lanzado tantas acusaciones que solo quería acurrucarse y agarrarse la cabeza.

—Um, odio preguntarte esto mientras estás tan cansado, pero ¿te importaría explicar la situación con un poco más de detalle? Como, ¿cómo logré robarte el maná, tal vez? Puede que no sea muy inteligente, pero no estoy entendiendo nada de esto, ¿sabes…? —Dijo esto en voz baja, de pie sin hacer nada.

Tal vez la fatiga de más temprano era en parte la culpable, pero sabía que su cabeza no estaba funcionando a todo su potencial.

—No hay nada que explicar. Desde que me robaste el maná, no he podido usar magia, mi cabeza se convirtió en la de un león plateado y, como resultado, enfermé. No irás a ninguna parte hasta que recupere mi maná. Bastante simple, ¿qué hay que entender? —Dijo Claudio, frunciendo el ceño con exasperación. Las tiernas atenciones que le había mostrado a Rosemary hasta hace unos momentos se habían ido como si nunca hubieran sucedido. Por mucho que el cuidado y la atención de Claudio la llenaran de alegría, al propio Claudio en realidad no le importaba nada, era un hecho que hizo que el corazón de la chica doliera.

—Lo lamento… Simplemente no lo entiendo. Te lo ruego. Por favor dime.

Claudio la miró, silencioso e inmóvil, mientras ella lo presionaba para que respondiera. Finalmente, abrió la boca, extremadamente disgustado.

—Siéntate ahí. —Claudio hizo un gesto hacia el asiento frente al tocador con un movimiento de la barbilla. Una vez que ella se sentó vacilante, dejó escapar un suspiro exagerado. —La semilla de sellado de maná está dentro de mí.

— ¿La semilla de sellado de maná? —Ella inclinó la cabeza confundida al escuchar ese nombre desconocido, lo que provocó que Claudio arqueara una ceja, por lo que se apresuró a cerrar la boca.

—La semilla de sellado de maná es exactamente como suena: está diseñada para suprimir el maná en uno. El maná con el que nací ya era cuantioso. Y al beber la semilla de sellado de maná, lo suprimí. Si no la hubiera bebido, mi maná podría haber terminado lastimándome incluso a mí mismo. —Claudio bajó un poco la mirada. Pareció vagamente triste por un segundo antes de que su aguda mirada cayera inmediatamente sobre ella. —En el día de nuestras fiestas patrias, vi a una niña entrar en el bosque prohibido. ¿Sabes lo que quiero decir con bosque prohibido, supongo?

—Sí, te refieres al mar de árboles en la parte trasera del castillo, ¿correcto? Me enseñaron en mi entrenamiento real que es el lugar donde consagraron los restos del león plateado, la bestia sagrada que ayudó a la fundación de Baltzar con su poderoso maná mientras la nación aún se estaba formando. Sin embargo, recuerdo haber escuchado que aquellos sin maná que entran ciegamente al bosque desaparecen… ¿Podría esta niña que entró al bosque ser… yo, por casualidad? Recordó que había estado mucho más interesada en el mar de árboles que vio a su llegada a Baltzar que en el robusto castillo frente a él. Siendo que había sido una niña enérgica y curiosa en su niñez, no la habría sorprendido en absoluto escuchar que había vagado por ese bosque por su cuenta.

Apretó las manos con fuerza en su regazo, esperando con la respiración contenida. Claudio, por otro lado, continuó con indiferencia, ignorando su pregunta.

—Perseguí a la niña. Ya era lo suficientemente mayor para saber que, en el caso de que fuera hija de un invitado oficial, su desaparición podría convertirse en un problema diplomático. Aunque, ahora que sé que era la princesa de una nación incipiente, desearía desde el fondo de mi corazón haberte dejado a tu suerte.

—Sí, tienes razón… —Rosemary dejó caer los hombros con desánimo, a lo que Claudio solo respondió con un perturbado hum.

—Encontré a la niña en el árbol más alto del bosque prohibido, con la cara contraída en una mueca poco atractiva, al borde de las lágrimas. Y cuando intenté rescatarla, mi maná fue robado.

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