Hetero, Santa Omnipotente

2°acto: El feudo Klausner. Parte 2

Una sirvienta del castillo me guió hasta el comedor.

Estaba escapando de una pequeña disputa. ¿Una disputa sobre qué? Sobre mi guardarropa. ¡Solo era una ligera diferencia de opinión, de verdad!

Se consideraba un hecho que los nobles de Salutania llevaran vestidos ornamentados para cenar. Por lo tanto, Mary había elegido rápidamente uno, pero yo había insistido en llevar la túnica de zafiro que me había mostrado antes. ¿Por qué? ¡Porque estaba totalmente exhausta! No estaba de humor para ropa tan ajustada.

Como una mujer que nunca había sido popular con los hombres, no aspiraba a vestidos llamativos de volantes. Habiendo dicho eso, la moda en Salutania tendía a ser extravagante e inspiradora; incluso un vistazo a cualquiera de sus vestidos hacía que mi corazón se acelerara. Y siempre me había gustado mirar ropa linda en Japón… Pero, bueno, no creía que ninguna de estas cosas lindas me quedara particularmente bien. Una parte de mí a veces deseaba que fuera diferente, pero siempre me sentía culpable de ponerme algo que no tenía por qué usar.

Cuando vine por primera vez a este mundo, estaba un poco emocionada por usar vestidos elegantes, ya que estaba obligada a hacerlo, lo que significaba que no tendría que sentirme culpable. Sin embargo, la primera vez que usé uno, me di cuenta de la gran diferencia entre la imaginación y la realidad. Era divertido admirar estos vestidos, pero usarlos todo el día era terriblemente doloroso, especialmente los corsés.

Incómodos en el mejor de los casos, sentía que un corsé sería mi fin en mi estado actual. Y de todos modos, dudaba que realmente pudiera comer si me apretaban la cintura.

Déjenme decirles que me sentía aliviada de haber logrado convencer a las sirvientas de que me dejaran usar la túnica.

—Sei.

—Joven Hawke.

Albert llamó mi atención tan pronto como entré al comedor. También se había quitado su atuendo de viaje y vestía un uniforme de caballero estándar.

— ¿Es una túnica nueva? —Preguntó.

—Sí. Supongo que el palacio la hizo para mí.

—Ya veo. Te queda de maravilla.

¡Oh, vamos! Esa bomba me dejó atónita. Por lo general, usaba el mismo atuendo todo el tiempo, por lo que todavía no había desarrollado ninguna resistencia a ser elogiada por mi sentido de la moda.

— ¿Eh? Oh, eh, gracias, —me las arreglé para responder, mis mejillas ardían.

Mientras tanto, él lucía esa atractiva y galante sonrisa suya. Era de buenos modales elogiar el atuendo de una mujer, pero ¿estaba bien que yo le devolviera el cumplido? Como por ejemplo, ¡y tú te ves tan increíblemente sexy como siempre!

¡Ja, como si tuviera el coraje!

— ¿Nos vamos? —Me ofreció su brazo.

—Cla-Claro. —Mi corazón latía con fuerza cuando lo tomé.

Dentro del comedor, nos encontramos con la familia del señor Klausner ya sentada. Parecía que éramos los últimos en llegar. Nos sentamos, el señor Klausner nos saludó y comenzó la cena.

Mientras escuchaba el discurso de bienvenida del señor Klausner, recordé algo desagradable: la cocina en este reino.

Me había olvidado por completo de ese pequeño problema porque estaba acostumbrada a cocinar mis propias comidas en el instituto. Bastaba decir que la cocina de este reino tenía carencias en el departamento de condimentos. En otras palabras, la comida era un desafío en cuanto al sabor. Esta deficiencia se hacía especialmente evidente en platos más elegantes. Las frutas y verduras generalmente estaban bien, ya que tenían sus propios sabores dulces o agrios, pero todos los platos con carne dejaban algo que desear.

Estaba hambrienta, pero empecé a preguntarme con tristeza si debería haberme puesto un vestido después de todo, ya que no era probable que disfrutara de esta comida. Apretar mi estómago con un corsé probablemente me habría llenado más rápido.

Maldita sea, pensé mientras traían los platos. Pero mientras los examinaba, dejé escapar un suave, —Oh…

El señor Klausner sonrió ante mi sorpresa, pero mi atención estaba más fija en la comida: pollo asado, un plato salutano bastante común, pero esta ave estaba adornada con romero, una combinación que recordaba de mi viejo mundo.

El mayordomo empezó a cortar el pollo, el cual había sido asado entero. Un delicioso olor emanaba de este. Cuando le di un bocado a la porción que puso en mi plato, mi boca se llenó no solo del sabor del romero sino de otras hierbas.

— ¿Le gusta? —Preguntó el señor Klausner.

—Es celestial. ¿Es esta una receta local?

—En realidad no. Simplemente escuché que el uso de hierbas de esta manera en particular se había vuelto popular en la capital, así que decidí intentarlo.

A sabiendas o no, se refería a mis recetas. Sin embargo, este plato usaba una combinación de hierbas mucho más compleja de lo que yo solía usar. ¿Quizás el chef había modificado la receta? Debía tener un conocimiento profundo de los sabores, tal como uno esperaría de alguien que creció en un feudo conocido por su variedad de hierbas.

En cualquier caso, los chefs a los que les enseñé mis recetas habían transmitido sus conocimientos a los demás chefs del palacio y, como resultado, el conocimiento de estos platos, que eran bastante populares, si se me permitía decirlo a mí misma, se había seguido extendiendo. Si las personas que probaran esos platos en el comedor del palacio compartían a su vez las recetas con la nobleza provincial, tal vez no tendría que preocuparme por comidas insípidas mientras viajábamos. Francamente, esperaba que la cocina de todos comenzara a subir de nivel.

Hablando en serio. Primero ese sorprendente té de hierbas, ahora este delicioso pollo. Estaba impresionada con el feudo Klausner.

Mientras comíamos, el señor Klausner me contó más sobre la región, describiendo no solo el estado actual de las cosas, sino también la tierra misma.

Dado que la principal industria de su territorio era el cultivo de hierbas medicinales, naturalmente eran un gran foco de atención. Discutimos los tipos de hierbas que cultivaban y las que se podían recolectar en la ciudad, todo lo cual era de gran interés para mí. El señor Klausner incluso mencionó hierbas de las que nunca había oído hablar y, no pude evitar hacerle una pregunta tras otra. Afortunadamente, no mostró ningún signo externo de disgusto y respondía a todo lo que le planteaba.

—Escuché que también hace pociones, ¿es verdad? —Me preguntó.

—Así es, —le dije. —Normalmente trabajo en el instituto de investigación de plantas medicinales.

—Ya veo. Entonces también debe ser una alquimista competente.

—No estoy segura de que mis habilidades como alquimista sean buenas

—Tenemos nuestros propios practicantes aquí en el castillo, ¿sabe?

— ¿De verdad?

Según el señor Klausner, los alquimistas del castillo eran conocidos como los mejores del reino. Estaba segura de que no era una exageración: tenías que ser realmente bueno si querías ser reconocido en la tierra santa de los alquimistas.

Entonces recordé a Liz hablándome de las recetas secretas de pociones que se decía que los alquimistas del feudo transmitían de generación en generación. Estos grandes alquimistas seguramente sabrían sobre ese tipo de cosas. Puede que resultara difícil hacer que compartieran alguna receta en particular conmigo, pero esperaba que al menos estuvieran dispuestos a enseñarme más sobre pociones y hierbas normales.

Le pregunté al señor Klausner si podía  conocerlos y él estuvo de acuerdo. De hecho, parecía que había predicho mi interés. La conversación se desarrolló rápidamente y el señor Klausner me aseguró que durante mi estadía definitivamente nos presentaría.

Justo cuando hizo esta promesa, la cena llegó a su fin.

Me lo pasé muy bien hablando sobre este gran interés mío. Sin embargo, no habíamos hablado en absoluto del estado del feudo. Estaba tan absorta en la charla sobre las hierbas que me olvidé por completo de preguntar al respecto. Supongo que eso es un problema para la Sei de mañana…

— ¿Qué ocurre? —Preguntó Albert, frunciendo el ceño mientras yo caminaba en silencio. Me estaba escoltando de regreso a mi habitación.

—Olvidé preguntar por los monstruos, eso es todo.

—Ah, bueno, no te preocupes por eso. Ya tengo los detalles.

— ¿De veras?

Según Albert, había hablado con el señor Klausner y alguien de la compañía de mercenarios mientras yo me relajaba en mi habitación. No me habían llamado para unírmeles porque pensaron que estaría exhausta por mi primer viaje largo. Estaba agradecida, claro, pero me sentía culpable por no haber formado parte de la reunión; este era mi trabajo, después de todo.

— ¿Se embarcarán en una expedición de inmediato? —Le pregunté.

—No, nos tomaremos unos días para hacer una exploración preliminar. Deberías esperar aquí en el castillo.

—Muy bien.

Pregunté porque asumí que necesitarían que me les uniera cada vez que se pusieran en marcha. Sin embargo, la exploración tenía sentido. Tendrían que averiguar la disposición del terreno y a qué tipo de monstruos nos enfrentaríamos.

Pero si iba a esperar aquí en el castillo, entonces tal vez podría reunirme con esos alquimistas de inmediato.

Oh, sí. Debería preguntar si puedo hacer pociones extra aquí también. Había traído algunas del palacio, pero lo ideal sería reponerlas. Había escasez de hierbas en la capital, pero imaginaba que todavía podría haber algunas disponibles en el feudo de origen. Tendría que preguntarle al señor Klausner mañana.

Y así, Albert y yo discutimos nuestros planes para el día siguiente mientras regresaba a mi habitación.

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