Hetero, Santa Omnipotente

5°acto: La expedición. Parte 4

— ¡Ya vienen! —Gritó Albert detrás de mí.

Estaba petrificada.

Me volteé y vi una ola de monstruos que se habían agrupado junto al pantano subiendo la pendiente hacia nosotros. ¿Habían escuchado la conmoción? Un escalofrío recorrió mi espalda.

—Parece ser una salamandra, —murmuró Yuri. No me había dado cuenta de que se había acercado a mí.

— ¿Qué?

Así que ese horrible resplandor era las llamas de una salamandra.

Más adelante, una luz blanca iluminó el lugar mientras un mago lanzaba magia curativa. Yuri había comenzado a lanzar hechizos para atacar a los monstruos que se acercaban desde nuestra retaguardia.

Correcto. No puedo quedarme sin hacer nada. Miré al frente y vi a un mago corriendo hacia las personas que habían sido consumidas por las llamas. Una barrera mágica había protegido a las víctimas, por lo que estaban chamuscados, algunos peores, pero vivos.

Comencé a conjurar curación desesperadamente, canalizando la misma cantidad de magia que usaba cuando regeneraba extremidades perdidas. Por el grito de alegría que siguió, supe que había tomado la decisión correcta. Concentré mi atención en lanzar curación a otros caballeros y, tampoco me olvidé de ayudar a la retaguardia.

Dado que la retaguardia había cambiado de lado, la vanguardia ahora estaba compuesta principalmente por magos. Como resultado, pocos magos quedaban para curar a los de la nueva retaguardia, quienes se enfrentaban a la ola de monstruos recién engendrados. Yuri lanzaba hechizos de curación entremedio de sus hechizos ofensivos, pero me di cuenta de que sería mucho más eficiente si yo me ocupaba de la curación completamente.

Durante algún rato, estuvimos atrapados en un estancamiento mortal. La vanguardia luchaba por derrotar a la salamandra. Mientras tanto, Albert, Yuri y los otros caballeros en la retaguardia mataban a un monstruo tras otro que se arrastraba hacia nosotros con sus diversas habilidades de combate. Sin embargo, el pantano seguía vomitando más criaturas feroces, esta lucha no tenía fin.

No tenía por qué temer quedarme sin maná mientras tuviera pociones a mano, pero las cosas se pondrían espantosas cuando se me acabaran los suministros. El destello de desesperación creció en los ojos de mis compañeros. Yuri siempre hablaba con mucha educación, pero ahora lo oí incluso maldecir, prueba de que lo estaban llevando al límite.

De repente me dolió el estómago de forma aguda.

En ese momento, escuché a alguien gritar — ¡cuidado! —desde atrás. Me volteé y vi una bola de fuego de la salamandra dirigiéndose hacia mí.

¡Espera! ¡Espera un minuto! No tenía tiempo de lanzar un hechizo de barrera y, Yuri estaba tan ocupado protegiendo la retaguardia que tampoco tenía tiempo para ayudarme.

Desde muy, muy lejos, escuché a Albert gritar mi nombre.

El mundo pareció ralentizarse, como si estuviera viendo todo en cámara lenta. En el instante siguiente, un escalofrío cubrió el aire cuando una enorme pared de hielo se elevó sobre mí desde mis espaldas.

Había levantado las manos para cubrirme el rostro, pero la pared de hielo bloqueó la bola de fuego, la cual explotó contra ella. El vapor del hielo llenaba el aire a mi alrededor.

La fuerza abandonó mis piernas. Yuri me agarró del brazo antes de que me derrumbara. —Aún no hemos terminado. Mantén las piernas firmes.

—Lo intentaré.

—Esa debe haber sido la magia en tu horquilla.

— ¿En mi horquilla?

—La horquilla encantada que llevas puesta.

Lo había olvidado por completo. Albert me había regalado la horquilla encantada que mantenía el cabello fuera de mi cara.

Así que ese hechizo de protección era con lo que estaba encantada… Es gracias a Albert que todavía estoy de pie.

Apreté una mano contra mi pecho. De alguna manera me las arreglé para mantenerme erguida por mi cuenta y, juzgando que ya estaba lo suficientemente bien, Yuri me soltó para saltar de nuevo al ataque.

La situación seguía siendo muy impredecible, sin un final a la vista. Había que hacer algo con respecto a ese pantano o los monstruos nunca dejarían de salir de él.

Alguien podría morir.

Esa bola de fuego nunca me habría alcanzado si los caballeros hubieran sido lo suficientemente rápidos como para bloquearla. Aunque podíamos curarnos físicamente, no podíamos tratar nuestra fatiga mental. Todo el mundo estaba perdiendo la concentración y resultaban heridos con más frecuencia y más seriamente.

¿Qué puedo hacer? ¿Son los hechizos de curación mi forma de ayudar? Esos pensamientos recorrían mi mente mientras seguía conjurando hechizos. Quiero hacer algo con ese pantano. Tengo que…

— ¡Comandante! —Gritó uno de los caballeros, robándose toda mi atención.

Me di la vuelta en su dirección sólo para ver a Albert recuperándose de una feroz confrontación con un monstruoso lobo negro. Albert logró matarlo, pero otro lobo negro se abalanzó sobre él.

¡No, alto!

Lo siguiente que supe fue que algo fluyó desde mi interior, la misma magia dorada que había visto antes en el instituto. En un instante, el brillante torrente dorado de magia alcanzó a Albert y, cuando se tragó al lobo negro, el monstruo se evaporó en un humo negro.

Albert me miró asombrado. Y no sólo él, varios otros también lo hacían.

De acuerdo, yo misma estaba bastante sorprendida.

¿Qué fue eso? Lo que sea que hice, fue ridículamente poderoso.

La magia dorada que fluía de mí no se detuvo, a pesar de mi sorpresa. De hecho, siguió fruyendo de mi interior. Había sucedido tan repentinamente una vez más, pero tal vez pudiera manejarla, ¿tal vez podría cambiar nuestro destino?

Al igual que lo hice cuando conjuré este hechizo por primera vez, junté mis manos frente a mí en oración, mientras pensaba todo el tiempo: ¡Quiero que los monstruos y el pantano desaparezcan!

La velocidad a la que la magia se esparcía aumentó aún más y, la niebla dorada que cubría el suelo se desplazó hacia la salamandra, los monstruos que rodeaban el pantano e incluso el pantano mismo, hasta que todo fue tragado. Cuando la totalidad del pantano quedó cubierto de dorado, la magia explotó con un nuevo brillo.

Destellos dorados llovieron del cielo. Los monstruos y el pantano se habían desvanecido, dejando atrás sólo el bosque.

— ¿Se… terminó? —Susurró Albert.

—Así parece.

Ante la respuesta de Yuri, los caballeros, que se habían quedado clavados en sus lugares, estallaron en vítores de alegría.

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