Hetero, Santa Omnipotente

5°acto: La capital real. Parte 2

Hacía calor. Taaaanto calor. Era mediado de verano, aunque no era tan húmedo como podría estar en una isla como Japón. Pero seguía haciendo calor y no había nada de viento.

Si hubiera dependido de mí, me habría puesto una camisola y pantalones cortos sin zapatos, pero eso no era posible. Si usaba ese atuendo en el instituto de investigación, seguramente haría que mis pobres colegas sufrieran hemorragias nasales y se desmayaran. Las camisolas y los pantalones cortos cubrían incluso menos piel que la ropa interior femenina de este mundo. Por eso, a pesar de que era pleno verano, estaba abrigada con una camisa de manga larga y una falda que me cubría los tobillos. Sentía que me iba a desmayar por un golpe de calor, así que me subí las mangas, pero todavía sentía un calor sofocante.

Se suponía que tenía que terminar algunos documentos para Johan, pero de nuevo, ¡qué calooooor! Pronto dejé de escribir por completo y, dejé de intentar soportar el calor, punto.

—Dime, Jude. —Caminé hacia su asiento.

— ¿Si? —Dijo él. El calor parecía afectarle también, ya que se había desabrochado magníficamente la camisa.

No es justo. Yo también quiero ser libre. ¡Entonces podría realmente trabajar!

— ¿Te importaría venir conmigo por un momento? Hay algo con lo que me gustaría que me ayudaras, —continué.

—Seguro.

Jude me siguió hasta la cocina. Era bastante pasado de la hora del almuerzo, por lo que la chef no estaba a la vista. Miré a mi alrededor y vi mi objetivo: un balde de limpieza en un estante a lo largo de la pared. Lo recogí, lo coloqué en el suelo y me di la vuelta para mirarlo.

Jude era hábil con la magia de agua y estaba bastante segura de que una vez me dijo que podía usar su magia para llenar tinas.

— ¿Puedes hacer que aparezca agua fría en este cubo? —Le pregunté.

—Puedo, pero ¿qué intentas hacer?

—Quiero enfriar mis pies.

—Oh, pero…

— ¿Es indecente? No te preocupes, no hay nadie más aquí.

En este mundo, se consideraba muy inapropiado que una mujer hiciera alarde de sus pies descalzos ante un hombre. El otro día, Liz me había sermoneado sobre eso mientras me abanicaba con mi falda en la biblioteca. Cuando le indiqué que estaba bien porque las dos éramos chicas, ella me dio una sonrisa bastante tensa y dijo:

— ¿Pero y si alguien más te ve?

La expresión de su rostro era realmente aterradora.

De todos modos, no era una sorpresa que mi solicitud hiciera que Jude se pusiera nervioso y se sonrojara.

—Quizás también deberías conseguir un balde para remojarte los pies. Estoy segura de que te sentirás mejor, —le sugerí, tratando de seducirlo ante la idea. —No tienes que preocuparte. Nadie va a entrar a la cocina a esta hora del día y no es como si fuera a remojar mis pies durante horas. ¿Por favor?

—Ugh… Está bien, está bien. Sólo ten cuidado de que nadie te vea.

— ¡Gracias!

A pesar de sus dudas, Jude usó su magia para llenar mi cubo con agua y luego salió rápidamente de la cocina. No pasé por alto que astutamente se llevó otro balde con él al salir. Sin duda, pensaba hacer lo mismo en algún otro lugar.

Di lo que quieras sobre el decoro, pero todo el mundo siente calor.

El piso de la cocina estaba hecho de tierra compactada, así que no importaba si derramaba agua sobre él. Moví el cubo junto a una silla y me senté. Luego me levanté la falda por encima de las rodillas para mantenerla seca, me quité los calcetines y los zapatos y hundí los pies en el agua. El fresco agua dulce los cubrió por completo.

Ahh, esto se siente tan bien.

Nadie iba a entrar a la cocina, así que desabroché dos de los botones de mi camisa y comencé a abanicarme el pecho. No es que lograra crear mucho viento, pero me daba un poco de alivio.

Me quedé allí sentada, mirando a la nada, por un rato. Pero entonces, justo cuando el agua se estaba entibiando, escuché el sonido del pomo de la puerta siendo girado a mis espaldas.

—Sei, ¿estás en…?

Me di la vuelta al oír la voz y vi a Albert de pie en la puerta. Me estaba mirando, congelado como una estatua.

Eh. Lo entiendo. Verme en este estado es demasiado para un caballero como él. Qué incómodo. Rápidamente me abroché la camisa, saqué mis pies del cubo, los metí de nuevo en mis zapatos y me puse de pie.

—Hola, joven Hawke. ¿Me estaba buscando? —Dije casualmente, fingiendo desesperadamente como que no había pasado nada.

Ante mis palabras, el comandante inmóvil volvió a sus sentidos. Se tapó la boca con la mano y apartó la mirada de mí, con un ligero sonrojo en las mejillas.

—Mis disculpas, —dijo con voz tensa.

Por favor, se lo ruego, no actúe avergonzado. Por favor, finja que no pasó nada, me encontré deseando mientras me aclaraba la garganta.

—Escuché que mañana tienes el día libre, —dijo vacilante.

—Oh, supongo que sí. —Casi lo había olvidado. Le fruncí el ceño, desconcertada. Pero ¿qué pasa con eso?

Por fin, volvió a mirarme.

—Yo también tengo el día libre. Me preguntaba si te gustaría acompañarme en una excursión a la capital.

— ¡¿Acaba de decir que irá a la capital?! —Exclamé. En todo este tiempo desde que arribé a este mundo, nunca había abandonado los terrenos de palacio y, mucho menos ido a la ciudad adyacente.

Cuando Albert recuperó la compostura, una sonrisa apareció en su rostro como reflejo de la mía.

—Pasas incluso tus días libres encerrada aquí, trabajando como una esclava. Johan está preocupado por ti. Tienes que salir y darte un descanso genuino de vez en cuando.

—Ya veo, por eso preguntó, —murmuré. Supongo que tenía razón. Yo misma lo había dicho a principios de mes. No tenía adónde más ir y, como vivía en el piso de arriba, en mis días libres podía descansar por la mañana y trabajar por la tarde.

—Bueno, gracias por la oferta. Esteré encantada de acompañarlo, —dije.

—Excelente. Vendré a buscarte mañana por la mañana.

— ¿Está seguro?

—Por supuesto, sería un honor para mí.

¡Hurra! No podía dejar de preguntarme cómo sería el mundo fuera de los terrenos de palacio. ¿Sería como una de esas ciudades europeas tradicionales? Siempre había querido visitar Europa, pero me invocaron al reino antes de que pudiera hacer realidad ese deseo.

El resto de ese día y la noche siguiente, estaba desbordante de emoción ante la perspectiva del viaje. Sin embargo, había olvidado algo por completo: la persona con la que iba era el no tan gélido caballero de hielo.

El corazón de la capital estaba un poco lejos del palacio, así que tomamos un carruaje de caballos desde la puerta principal. Era uno sencillo, no una de esos elegantes que poseía la familia de Albert. No debe querer sobresalir, pensé. Su ropa también era sencilla y corriente. Creía que quizás estaba tratando de igualar la relativa falta de elegancia de mi atuendo.

Sin embargo, deseaba que hubiera traído uno de los carruajes de su familia. Uno normal era demasiado estrecho y, yo me estaba atrapada dentro de dicho estrecho carruaje con un musculoso Albert. ¡Estábamos tan cerca que prácticamente nos estábamos tocando! Pensar que un hermoso hombre estaba sentado a mi lado. Era demasiado para mí, viajar tan cerca de alguien tan sublime…

¡Mi nivel aún no es lo suficientemente alto como para este tipo de eventos! ¡Déjenme salir! ¡Se me acabó el HP! Sollocé para mis adentros.

—Mira en esa dirección. Esa es la casa de Johan. —Albert sonrió mientras señalaba por la ventana.

—Ooh.

¡No te acerques más! ¡Muy cerca! ¡Demasiado cerca!

No podía soportar mirarlo a la cara, así que miré por la ventana hacia donde estaba señalando para ver una mansión absolutamente exquisita. Dado que esta era la capital real, los precios de los terrenos tenían que ser una locura. Y, sin embargo, la casa de Johan era enorme. ¿Su familia realmente estaba nadando en dinero?

—Es tan grande…

—Sí. Su familia es bastante influyente.

Tiene sentido, pensé mientras giraba la cabeza descuidadamente.

¡Ack! El rostro de Albert estaba tan cerca del mío que pensé que me daría un infarto. Afortunadamente, notó mi sonrojo e inmediatamente puso algo de espacio entre nosotros, pero realmente no había mucho. Mi pobre corazón sufrió todo el viaje hasta la ciudad.

Para mi deleite, la capital era cautivadora y adorable. Lucía como una antigua ciudad europea. Los ordenados techos rojos parecían sacados de un cuento de hadas.

— ¡Guauu! ¡Esto es increíble! —Exclamé.

El carruaje se detuvo y la puerta se abrió. Albert salió primero y me tendió la mano. La tomé y bajé. Escaneé hasta el último detalle a la vista, incluida la multitud de personas. Teníamos que estar cerca del centro de la ciudad.

—El mercado queda por aquí. Vamos, —dijo Albert y comenzó a tirar de mí suavemente de la mano.

¿Eh? ¡¿No me piensa soltar?! ¡Espere! ¡Espere!

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